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Programación 2014

OSSODRE

La orquesta sinfónica

 

El 20 de junio de 1931 la Orquesta Sinfónica del Sodre (OSSODRE) ofrecía su primer concierto público bajo la dirección de Vicente Pablo con un extenso programa integrado por el Concierto en fa mayor de Bach (no se especifica cual de los Bach), la Marcha de la música para Turandot de Ferruccio Bussoni, La Isla de los Ceibos de Eduardo Fabini, Los Preludios de Franz Liszt y la Tercera Sinfonía de Ludwig van Beethoven. El organismo ya reunía entonces a 103 profesores. Era el comienzo de una trayectoria de fundamental importancia para la cultura musical del país, y esa trayectoria no ha tenido un solo bache hasta llegar a los maduros tiempos actuales. No son tantas las orquestas que pueden vanagloriarse de semejante continuidad de recorrido. Ha sido el vehículo de más larga vida que ha tenido este país a nivel oficial, para imponer el gusto por la música sinfónica.

Con el nacimiento de la Radio Oficial primero y de los Cuerpos Estables, el Sodre lanzó a los cuatro puntos cardinales del territorio una verdadera avalancha de música que se recibía con nitidez en casi todas las ciudades del país. Este proceso educacional continuó durante unos treinta años con eficacia ascendente, acercando nuevos sectores de la población al cultivo de un repertorio sin concesiones y sin demagogia. Luego vinieron factores extra musicales, económicos, sociales, políticos, técnicos, burocráticos y circunstanciales, y la expansión sufrió una suerte de estancamiento. Sin dudas, el incendio que destruyó el Estudio Auditorio fue el elemento de peores consecuencias.

La OSSODRE ha tenido desde su nacimiento la gran ventaja de no esclavizarse con la taquilla para sobrevivir. Como organismo con rubros propios, pudo planificar su acción con vistas a la cultura y nunca dependió del reclamo de sus abonados para confeccionar sus programas. Esto dio a los primeros directores espacios de audacia e imaginación, de exigencia estética y de variedad estilística, que los organismos privados rara vez pueden permitirse. Aunque esta independencia y variedad disminuyeron bastante cuando se terminaron los directores estables, de todos modos el nivel medio del repertorio sigue siendo más riguroso y mejor dosificado que el de muchas orquestas famosas que tienen la obligación de llenar las salas y de hacer el gusto a sus protectores.

La OSSODRE poco a poco logró formar un público selectivo. Al comienzo de la admirable etapa de Lamberto Baldi, la sala solía lucir raleada. La entrada a los conciertos costaba precios irrisorios, pero el público no tenía el hábito o la necesidad compulsiva por la música sinfónica.

Cuando comenzaron a llegar con frecuencia los más famosos conductores extranjeros, la audiencia se vio estimulada y comenzaron a volverse habituales los grandes llenos y las galerías desbordantes con público joven, receptivo y crítico. El aporte de Erich Kleiber fue decisivo en muchos aspectos. Enseñó a la Orquesta a trabajar los clásicos con un rigor que buscaba profundizar en el sentido íntimo de una partitura como nadie lo había hecho antes. Impuso a Beethoven con sus inolvidables ciclos de las nueve sinfonías y lo hizo con tal nivel que luego fue muy difícil convencer al oyente con otras batutas. Kleiber apoyó entusiastamente la labor de Baldi y expresó públicamente que sin su trabajo de preparador, nada de lo que él logró habría sido posible. Este espaldarazo fue fundamental para imponer el nombre de Baldi en toda Sudamérica. Él conocía muy bien el ambiente artístico europeo y americano. Tenía plenos poderes para contratar artistas y gracias a su planificación, Uruguay pudo oír no sólo a las mayores batutas del momento, sino a los propios grandes compositores que llegaban para conducir sus obras. Tales son por ejemplo las históricas visitas de Igor Stravinsky, Ottorino Respighi, Heitor Villa Lobos, Manuel Ponce, Humberto Allende y otros. Después que Baldi se alejó de la dirección estable, esa saludable política continuó en pie y así vimos desfilar a creadores de prestigio mundial como Godofredo Petrassi, Paul Hindemith, Aram Jachaturián, Aaron Copland, William Walton y Mozart Camargo Guarnieri, quienes mostraban un panorama estético desconocido aún por nuestro público.

Luego de Baldi sucedió un período breve sin director permanente, aunque durante una temporada la OSSODRE quedó en manos de tres formidables maestros: Albert Wolf, Kleiber y Fritz Busch. Eran tiempos de Guerra Mundial y Uruguay sacó provecho artístico de aquellos grandes huéspedes refugiados en estos pacíficos lugares. A esos nombres habría que agregar una lista impresionante en la cual sobresalen Jascha Horenstein, Paul Paray, Clement Krauss, Herman Scherchen, Víctor de Sabata, sir Malcom Sargent, Arthur Rodzinsky, Nicolai Malko, Paul Klecki, Witold Rowicki, Leopold Ludwig, Wilhelm van Otterloo, Kiril Kondrashin, Jean Martinon, Enrique Jordá, Antal Dorati y Howard Mitchell, por citar al grupo más prominente.

Otro notable director estable de la OSSODRE fue Juan José Castro. Con él llegó la era post-Baldi de realizaciones trascendentes, no sólo sinfónicas, sino también en el campo de la ópera y del ballet. Castro fue, como Baldi, un hombre comprometido con la música de su siglo y enriqueció el repertorio con aportes fundamentales de Manuel de Falla, Hindemith, Stravinsky, Shostakovich, Bartok (que figuraban entre sus favoritos), así como Baldi había estrenado creaciones de Darius Milhaud, Arthur Honegger, Richard Strauss, Godofredo Petrassi, Hildebrando Pizzetti, Luigi Dallapiccola y los principales compositores de América.

Terminado el corto aunque magnífico período de Castro se contrató a Paul Paray. Su repertorio fue más tradicionalista que el de los maestros anteriores, pero su sensibilidad interpretativa y su radiante musicalidad resultaron enaltecedoras para ejecutantes y auditorio.

Se acercaban épocas de crisis. Vino una masiva jubilación de instrumentistas y la OSSODRE quedó desmantelada. Entonces se llamó nuevamente al salvador, Baldi, quien reorganizó las filas de la Orquesta. Corría 1953 y ese año fue un hito en la historia del organismo porque allí surgió una nueva OSSODRE destinada a alcanzar el más alto grado de eficacia en toda su trayectoria.

El incendio que devoró el Estudio Auditorio asestó un duro golpe a los brillos sinfónicos locales. La Orquesta se transformó en un huésped del Teatro Solís y en ocasiones tuvo que deambular por otras salas sin un lugar estable para ensayar y sin tener las comodidades de la casa propia. Pese a todo, hubo algunos ilustres visitantes que la hicieron reverdecer en forma transitoria, como el infatigable Mitchell, el sensible Heribert Esser, el inspirado Piero Gamba, el activo y vibrante John Carewe, el sereno y sólido Carl Bunte y el joven talento norteamericano Hugh Wolf. Pero fueron las excepciones dentro de una generalidad en la que dominó el color gris y produjo un progresivo retraimiento del público. Sin embargo, a partir de 1981 se produjo un hecho inesperado. Apareció en el panorama musical el brasileño Isaac Karabtchewsky y proponiéndose una programación de gran compromiso, logró mejorar la OSSODRE, demostrando que si se trabajaba con inteligencia y se creía en ella, podía volver a sonar como un excelente organismo.

“Este progreso se ha mantenido durante los años del regreso a la democracia y, aun dentro de alcances más modestos que en su edad de oro, se ha notado un cierto retorno a la coherencia. Tiene una hermosa tradición a sus espaldas y la esperanza estimulante de volver a contar en un futuro cercano con un teatro moderno y amplio en el que pueda trabajar al menor nivel de comodidad y excelencia”, escribía Washington Roldán en épocas en que el Auditorio Nacional Adela Reta era un sueño.

A partir de 1985 vino una era de reajuste y ordenamiento. Ese año fue azaroso para la Orquesta. Los más relevantes directores fueron Simon Blech con su talento musical fuera de serie y su mal humor difícil de soportar, el refinado Jorge Rotter y el brillante y veterano maestro japonés Shunji Aratani. Aparecieron nombres nuevos muy prometedores como el mexicano Eduardo Díazmuñoz, el suizo Nicolás Rauss y el uruguayo Nicolás Pasquet. En 1986 y 1987 comenzó a dominar el dinamismo y la inteligencia del brasileño David Machado. Director nato, músico sabio, poseedor de un repertorio enorme y preparador algo desparejo. En sus conciertos se daban la mano las genialidades asombrosas con algunas desprolijidades demasiado notorias. También en esos dos primeros años se reveló el ruso Valentín Kozhin, muy trabajador y brillante en el repertorio de su patria, con eufóricas versiones de Dmitri Shostakovich, Sergei Prokofief, Alexandr Scriabin y Piotr Chaikovsky. En esos años conocimos al americano David Stahl de muy buen nivel y volvió Miguel Patrón Marchand con su experiencia chilena a cuestas, luego de larga ausencia de nuestros escenarios.

En 1990 cambió el gobierno y hubo otro momento de transición con nuevas autoridades. La temporada quedó más o menos planificada por Machado, pero fue nombrado Roberto Montenegro como Director Artístico y su labor recién se hizo efectiva al siguiente año. La Orquesta siguió tocando bien en casi todo el ciclo aún con otros directores. Los más destacados fueron Romano Gandolfi, quien dio un notable impulso al Coro, Kurt Redel y Gisele Ben-Dor. Montenegro, por su lado dejó inolvidables versiones de Johannes Brahms, Nicolai Rimsky-Korsakov y Jean Sibelius. Otros directores que dejaron huellas fueron Urs Schneider y Antonio Russo.

En 1995 cambió nuevamente el gobierno. Hubo otra etapa de transición. La nueva directiva aprovechó al máximo la presencia de Piero Gamba. Volvió Machado con otros conciertos que eran un anticipo de su presencia como estable que empezaría en 1996 y se contrataron algunos invitados que pudieron conseguirse con corto aviso. La inesperada muerte de Machado fue un golpe tremendo y dejó a la nueva directiva sin planes concretos de futuro. Gamba salvó la emergencia. Para 1996 se decidió contratar como Director Artístico a Patrón Marchand. Su innovación fue imponer el género de la ópera en forma de concierto, obteniendo notables resultados y permitiendo que el canto lírico irrumpiera exitosamente en nuestras temporadas. Entre los huéspedes más efectivos se destacan Francisco Rettig y el expertísimo argentino Pedro Ignacio Calderón. En 1998 Patrón Marchand realizó una notable versión del Stabat Mater de Rossini. Rettig dio vibrantes lecturas de Haroldo en Italia y de Hary Janos y tuvieron buenos momentos Gisele Ben-Dor, Eduardo Díazmuñoz y José Serebrier.

Los conciertos de la temporada 1999 estuvieron dirigidos por Patrón Marchand, Rettig (en su mayoría), Nicolás Rauss, Fernando Condon, Fernando Lozano, Serebrier, Paolo Rigolín, Gerardo Moreira, Germán Cáceres, produciéndose para el Instituto un hecho de trascendencia como fue la inauguración de la sala Hugo Balzo del Complejo de Salas de Espectáculos Dra. Adela Reta, el 9 de noviembre, en la que tomaron parte los Cuerpos Estables del Organismo.

Este progreso se mantuvo, y aun dentro de alcances más modestos que en su edad de oro, se notó un retorno a la coherencia. Tiene una hermosa tradición a sus espaldas y la esperanza estimulante de volver a contar en un futuro cercano con un teatro moderno y amplio en el que pueda trabajar al mejor nivel de comodidad y excelencia.

Washington Roldán
(1921-2001)
del libro SODRE 70° Aniversario

 

Desde que el crítico Washington Roldán escribiera esta reseña pasaron varios años. Durante la Temporada 2006 la OSSODRE celebró con dignidad su 75° Aniversario. Reorganizó sus filas, poblándose de jóvenes instrumentistas. Convocó a buenos directores (Elías Voudouris, Rettig, Nicolás Rauss, Piero Gamba, Antonio Russo, etc.) y a varios solistas de fuste: Álvaro Pierri, Eduardo Fernández, Amiran Ganz, Esteban Falconi, Fernando Hasaj, Élida Gencarelli y a la ya legendaria Nibya Mariño. Realizó varias primeras audiciones para nuestro país como Canto General de Mikos Theodorakis, la Sexta Sinfonía de Shostakovich y el concierto para violín y orquesta, Adagio doloroso del uruguayo León Biriotti. La costumbre de contar con un director principal, que tanto resultado dio en épocas pasadas, se reimplantó bajo la Dirección Artística de María Julia Caamaño, con el Mtro. Víctor Hugo Toro.

La inauguración del Auditorio Nacional Dra, Adela Reta y de su sala Eduardo Fabini en noviembre de 2009 fue sustancial para el desarrollo del Instituto y de sus Cuerpos Estables. El Consejo Directivo actual presidido por Fernando Butazzoni asumió en 2010. Poco tiempo después pasó a desempeñarse como Director Artístico Ariel Cazes. Durante este último período fue Director Principal de la OSSODRE Roberto Tibiriçá y tras su renuncia ocupó el cargo Stefan Lano (2012). Hoy los conciertos sinfónicos de la OSSODRE son todo un éxito a juzgar por el público que colma las dos mil localidades de la sala Fabini, éxito logrado en parte gracias a las bondades acústicas del Auditorio, al nivel alcanzado por la OSSODRE y al nivel de los solistas contratados, tanto extranjeros como nacionales. Recordemos los conciertos a sala llena que brindo en 2011 el pianista Barry Douglas interpretando la integral de los conciertos de Rachmaninof.

Aún queda mucho camino por recorrer y el panorama es muy esperanzador. Una importante compra de instrumentos con el apoyo de la AECID, la creación de la Gerencia de la OSSODRE en abril de 2011, la inauguración de su sala de ensayos en abril de 2012 y la compra de un piano Steinway de concierto, son mojones de gran relevancia con un impacto positivo tanto para los músicos como para el público en general.

En muy poco tiempo los aportes de Lano están generando un acelerado proceso de mejoras cualitativas a nivel artístico, que sumado a la interesante programación y a la participación de solistas de primer nivel, tanto nacionales como extranjeros, han acercado nuevamente al público, agotando las localidades a los conciertos de la temporada. Se destaca la participación de la gran pianista uruguaya Nibya Mariño, el joven violinista Eugene Ugorski interpretando el concierto para violín de Chaikovsky, la pianista Muza Rubackyte interpretando los dos conciertos para piano y orquesta de Liszt y el pianista Barry Douglas ejecutando el ciclo integral de los conciertos para piano y orquesta de Beethoven.

Gracias a las bondades del Auditorio Nacional, el Sodre retomó en 2011 el camino de la puesta en escena de las grandes óperas con Eugenie Onegin de Chaikovsky, bajo la dirección musical de Lucasz Borowicz y en 2012, con entradas agotadas, Turandot de Puccini, bajo la dirección musical de Stefan Lano.

Todo indica que la OSSODRE retomó el prestigio de otrora.

 

 

 

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